Philippe lo ha previsto todo, lo ha programado todo, lo ha organizado todo: cada excursionista recién llegado a L'Étoile está asegurado de encontrar allí un recibimiento cordial, una habitación confortable, un marco propicio al descanso, así como una documentación abundante
Impresiones de una estancia en el albergue L'Etoile
Sol Villaceque
Humor alegre, imaginación y sana
filosofía al servicio de una empresa que va viento en popa.
Si piensas haber agotado los encantos y las ventajas de los albergues de etapa a
lo largo de tus andanzas excursionistas por el territorio francés y no conoces
aún L'Étoile (La Estrella), pues andas equivocado. Y si, como nos
pasó a nosotros en aquel verano de 2004, te decides a intentar la aventura, no
la has de olvidar. Que llegues en coche - el que menos contamine el
medioambiente será preferible - o en tren (Le Cévenol,
que enlaza París con Nîmes, se para en La Bastide-Puylaurent,
quedando el albergue unos 300 metros de la estación), espérate a recibir una
acogida y a vivir una experiencia inolvidables.
Philippe
Papadimitriou, el señor de la casa, habrá nacido con buena estrella. No en balde
le dio ese nombre a su albergue, que le va de perlas. De entrada, con calor y
naturalidad, el personaje te hace sentirte cómodo, como en tu propia casa.
Al parecer, en él la sensatez y el buen sentido belgas (que trae de su madre) compaginan perfectamente con la alegría, la fantasía y una pizca de desmesura que heredó de un padre griego, mestizaje bien logrado, que le pone al abrigo del espíritu localista y estimula su curiosidad y su abertura.
En principio, ne estaba predestinado a afincarse en este rincón de montaña, situado en la frontera entre dos "départements" (provincias) del sur de Francia, Lozère y Ardèche.
A pesar de ello, al cabo de numerosas aventuras (en una de ellas
trabajó de buscador de oro en California), recorriendo a caballo las Cévennes a lo largo de la antigua vía
romana, Vía Regordane (GR700), descubrió nuestro
trotamundos un antiguo hotel de veraneo anidado a orillas
del Allier, en medio de un
parque umbroso, en un lugar llamado La Bastide-Puylaurent.
A partir de aquel momento, trabajó sin descanso hasta conseguir los fondos que le permitieron adquirir el establecimiento y restaurarlo.
No
por ello ha renunciado Philippe a su afición a los viajes y a las aventuras. En
efecto, en buen ciudadano de la aldea global, interesadísimo por la
comunicación electrónica e impulsado por su mentalidad emprendedora, fue
tejiendo una red intercontinental de relaciones e Intercambios entre Hosteleros,
que no deja de extenderse, lo que le permite viajar en la temporada baja y
descubrir otras experiencias hoteleras, otras gentes y otras culturas. Fue así
como tuvimos el placer mi marido y yo de encontrar en L'Étoile a una
familia mexicana de Oaxaca, que pasaba allí unos días de esparcimiento, y
entablar con ella unas relaciones de amistad. ¡Hermoso testimonio de la
expansión internacional del albergue lozerience y del espíritu de abertura que
le ha infundido su dueño !
Pasamos
allí una semana realmente estupenda, saboreando los placeres sanos y variados
que ofrece con profusión esa encrucijada de excursiones que constituye La Bastide-Puylaurent, y familiarizándonos con aquel personaje
atípico, fuera de lo común, en el que se aunan los rasgos del empresario moderno
y dinámico, del trabajador incansable, del huésped acogedor, del sabio que puede
discurrir con llaneza y perspicacia sobre el mundo y los humanos, del cocinero
sin par e imaginativo, del músico-animador que ameniza las veladas.
Philippe lo ha previsto todo, lo ha programado todo, lo ha organizado todo: cada excursionista recién llegado a L'Étoile está asegurado de encontrar allí un recibimiento cordial, una habitación confortable, un marco propicio al descanso, así como una documentación abundante, que le permitirá escoger y llevar a bien sus excursiones o dedicarse a otras actividades al aire libre de las muchas que ofrece la región.
Pero el placer de los placeres, lo encontrará
al atardecer, con la cena que lo espera tras el cansancio de una larga jornada
de caminata, en aquella mesa redonda que ha convertido Philippe en uno de los
sitios más relevantes de la buena convivencia y de la sana gastronomía. Allí es
donde se ejercen con mayor perfección su arte culinario y su don organizativo.
La cena, elaborada por él de cabo a rabo (su sólo pan se merece la visita), puede satisfacer los paladares más exigentes, así como los apetitos más gargantuescos.
El vino procede del monasterio Notre Dame des Neiges (Nuestra Señora de las Nieves), donde está eleborado. El caluroso ambiente se prolonga en una alegre tertulia, amenizada por la música que toca Philippe en su piano o las canciones que aprendió en el Oeste americano y que acompaña con su guitarra, sentado frente a la gran chimenea concebida a la talla de sus larguísimas piernas, todo ello en un marco de taverna flamenca, donde se pueden saborear todas las marcas de cerveza de su país natal. ¡Y listos para una estupenda velada !
En resumen, en casa de Philippe se siente una a gusto, se
charla en toda libertad y franqueza, disfrutando del ameno paisaje y de la
tranquilidad, tumbada bajo el frondoso tilo en el parque bordeado por el rio. Y
llegada la hora de partir, se piensa ya en la proxima estancia en ese lugar tan
hospitalario para repetir esa primera experiencia exitosa.
Pero lo que causa francamente admiracion, es que esa empresa hostelera, que funciona de maravillas, descansa entera y exclusivamente en una sola persona, ya que Philippe se encarga absolutamente de todo, de cabo a rabo: gestion financiera, mantenimiento del local, abastecimiento, cocina, etc., etc.
Claro que suele acoger en verano a una joven, que se integra inmediatamente a la
comunidad como lo he podido comprobar, para formarla al oficio de la hoteleria y
para que le eche una mano.
Pero algunos excursionistas, entre los que se halla mi marido, que ya conocia el albergue, pueden atestiguarlo: han visto a P.P. acoger a su mesa redonda con buen humor y alegria hasta unos sesenta excursionistas, sin parecer ni mucho menos agobiado por el trabajo. Detalle este, que indica claramente su sentido de la organizacion, su dominio del management, su enorme capacidad de trabajo, pero tambien su peculiar filosofia de la vida que combina cordura y optimismo.
A
partir de mi propia experiencia en L'Étoile, me he interrogado acerca de
la clave del éxito del albergue. A él han contribuido sin duda alguna la acogida
amistosa, la disponibilidad entera del dueño, su sabrosa cocina, el marco ameno,
la variedad de las excursiones y actividades propuestas.
Pero hay otra cosa más, que personalmente no he encontrado en ninguna otra parte. Y es que entre Philippe y el excursionista se instaura una suerte de pacto implícito e inmediato, que prescinde de discurso verbal y se impone con naturalidad, y en virtud del cual ambos se sienten implicados, con igualdad de derecho y de obligación, en el buen funcionamiento del establecimiento. Reciprocidad bien entendida, en la que ambos encuentran su interés y que parece inspirada en el adagio según el cual para recibir, hay que dar.
Eso es indudablemente, en el caso presente, lo que crea una relación humana incomparablemente superior a la mera relación habitual entre el cliente y el dueño de un hotel. Gracias a su don de gentes y a un arte consumado de la comunicación, ofrece Philippe a sus huéspedes la posibilidad de participar en la aventura en la que decidió un día embarcarse, y de esa mente fortalecida por un ideal saca los recursos energéticos que le permiten hacer frente a cualquier situación, por ejemplo en caso de gran afluencia, sin menoscabar el ambiente relajado y alegre tan necesario y apreciado. Cada cual, en el lugar que le corresponde y en la medida de sus posibilidades, participa por lo tanto en la buena marcha de L'Étoile, y en particular de su atractiva mesa que constituye su mejor adorno.
Personalmente, creo que en ese acuerdo solidario y tácito entre ambas partes descansa precisamente el éxito, con lo cual ha logrado realizar Philippe Papadimitriou la armoniosa simbiosis entre su ideal de fraternidad y los imperativos de una empresa que constituye su única fuente de ingresos. Tal vez sea ésta una manera bien propia de aparear su doble cultura, la griega y la belga.